domingo, 11 de agosto de 2013

El romanticismo en los tiempos del Grindr.

Cuando me compré el iPhone hará unos meses, todos mis amigos (gays) me dijeron lo mismo: 'a ver cuanto tiempo vas a tardar en instalarte el Grindr'. Lo decían con sorna y cachondeo porque en los últimos años me había vuelto un poco Cospedal respecto a esa aplicación, sin llegar a entender la gracia de que tu móvil te dijera a cuántos metros de distancia estaba el chulazo de turno de la misma manera en que mi perro olfatea a las hembras en celo.

Sigo sin tener la aplicación de marras y en los últimos días me he parado a pensar '¿me estaré volviendo un retrógrado? ¿un mojigato? ¿un romántico? ¿¿me estaré transformando en un guardian de la moral digno de pasear por calle Génova?'. Y reconozco que, entre pensamiento y pensamiento tan profundo, me encontré con el iPhone en la mano dispuesto a descargarme el radar gay por excelencia y ver si de verdad sirve para algo más que para que el ciberespacio marica sepa cuanto me mide. Al fin y al cabo, muchos amigos me han dicho que habían conocido a gente genial a base de saber a cuántos metros estaba el chico de los 21 cms de rabo.

Pero no lo instalé ... básicamente porque me di cuenta de que sigo siendo un romántico ...


... un romántico al que le encanta no saber cómo va a ser la polla que se va a comer hasta que no baja el calzoncillo in situ, en el dormitorio (o vete a saber dónde, que yo siempre he sido muy exótico para las bajas pasiones y los lugares donde practicarlas) y descubre si es grande o pequeña, si calza a la derecha o a la izquierda, si realmente le pega a la persona que la luce o no ... si me encantaría comérmela toda la vida o voy a tener que usar trucos para despacharla pronto. Llamadme romántico pero no lo instalé porque descubrí que me encanta ver la cara del chico que me gusta e imaginármelo desnudo, sin saber ya de antemano cómo va a ser su cuerpo o si los centímetros que dice que tiene son reales o no.


El romanticismo en los tiempos del Grindr está ya casi extinto. Hace poco, en el metro, me sonrió un chico guapísimo, yo como un lerdo miré a los lados hasta que me di cuenta de que me lo hacía a mí ... e inmediatamente sacó su móvil de última generación, tecleó algo y pasó su mirada de la pantalla del teléfono a mí y viceversa ... así un rato. Cuando se lo conté a mi amigo Paco me dijo: 'te estaba buscando en Grindr pedazo de mongolo'. No me encontró, obviamente, y la verdad es  que los dos nos bajamos en diferentes paradas sin dejar de mirarnos, a lo 'Shame'. Una pena ... un hola hubiera bastado para llevarme al huerto, soy así de fácil para la vida real y así de difícil para la virtual.

Al final va a resultar que soy un auténtico retrógrado ... Cospedal estaría orgullosa de mí.